martes, 18 de agosto de 2015

“HOLA, MAJO!” = NO RECUERDA TU NOMBRE

Así es la vida, una lista de nombres que van señalizando nuestro recorrido hasta el cementerio. Algunos no los olvidaremos nunca y habrá otros que jamás recordaremos, como el de ese tipo que nos cruzamos mil veces cada día y nos importa menos que las palomas del parque, pero como somos educados le devolvemos el saludo. Un día nos lo encontramos con su despampanante mujer y a partir de entonces hasta le contamos chistes. Llevamos haciendo lo mismo desde el neolítico. 
Una de las principales reglas de urbanidad que nos enseñan -y la primera que olvidamos- es que debemos recordar el nombre de la persona que nos presentan. Luego nos arrepentimos de no habernos esforzado más cuando nos lo encontramos al salir del cine; que si vamos solos no hay problema, le soltamos un “Hola, majo!” y sanseacabó. El conflicto aparece si nos acompaña alguien; entonces la  cortesía más elemental en primates obliga a las presentaciones de rigor. Ahí te bloqueas, porque la ruleta de la fortuna comienza a girar entre Alfonsos, Albertos y Robertos, o entre Miriams, Mireias y Marías. Finalmente te conviertes en un autista venido de otro planeta que solo responde con monosílabos y, tras dos minutos tensos como pómulos de actriz, el conocido sin nombre se aleja mosqueado ante la extraña presentación que has improvisado. “Raquel, ¿recuerdas ese tío tan simpático del que te hablé? Pues aquí lo tienes”.

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